Cuatro
chicos bajaban en el ascensor. Dos chicas y dos chicos. Una de ellas, bajita y
de pelo corto, observaba el reloj. Debería estar en el hospital. Pero no. Se
había pedido el día libre para poder venir a este hotel. Esa compañía le traía
demasiados buenos momentos. Otra, un poco más alta y con un librito en la mano,
pensaba en su tierra, Andalucía. Pensaba en que había dejado su libro a medio
escribir por aceptar la invitación de ART-DECO S.L. Uno de los chicos, bajo y
delgado, recordaba todos los momentos pasados con esa experiencia, con esa
empresa. Los recordaba todos y cada uno de ellos con exactitud. Él era el graciosillo,
con el que todos se reían. Y en el fondo, nada había cambiado. El último pasajero,
sólo pensaba en su música. En su flauta, en su piano y en su orquesta allí en
Galicia. Nunca había faltado a ningún ensayo. Pero aquella firma significaba más
que su música. Se retocó las gafas y, mientras, el ascensor seguía bajando.
Aurora,
con el humo saliéndole por las orejas, se dirigía al ascensor para ir a la
planta ocho que según la loca de la recepcionista, era donde tenía que ir. Nunca
había sabido lo irritantes que podían llegar a resultar las malditas
recepcionistas. ¡Media hora esperando a que dejara el teléfono! ¡Y ahora otra
media hora para coger el ascensor! Otro error más en su vida. Haber venido. Cuando
el ascensor se abrió Aurora había conseguido relajarse y pudo observar con
expresión mas serena a las personas que salían. Un inconfundible pelo rizado
apareció ante sus ojos. Se quedó quieta unos segundos, y, tartamudeando, consiguió
pronunciar su nombre... ¿Ra...Raúl?
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