martes, 3 de septiembre de 2013

CUENTO DE UNA NOCHE DE INVIERNO

Hola chicos:)
Me gustaría inaugurar mi parte del blog mostrándoos mi relato del Concurso de Relato Corto Jóvenes Talentos de CocaCola. Se titula "Cuento de una noche de invierno". Como inicialmente el relato estaba escrito en gallego, he tenido que traducirlo, así que os pido disculpas por los posibles errores y "expresiones extrañas" que pueda haber, ya que el gallego y el castellano en ciertos aspectos son muy diferentes. Espero que os guste:


El pequeño Pablo iba para la cama como uno de los tantos días que tenía el largo invierno de la montaña orensana. Su abuelo, hombre sabio y viejo, siempre le contaba un cuento cada noche, con el que “Pabliño” (cómo le llamaba su  abuelo) soñaba durante toda la noche .
Ya estando Pablo dentro de la cama, el abuelo encendió la lámpara  y se dispuso a contarle  a su nieto una historia fabulosa, que comenzaba así:
“Había una vez, una muchacha llamada Laura a la que le encantaba escribir y leer . Todas sus  amigas también eran devotas de la lectura, pero ella era especial: leía todo en gallego. A pesar de que su  familia y amigos hablaban el castellano, ella prefería el gallego, “su  lengua” (cómo ella decía).
Dentro de sus predilecciones literarias destacaba una figura recordada siempre como la mayor  escritora y poetisa que dio Galicia en toda su  historia: la gran Rosalía de Castro. Laura nunca se cansaba de leer  las maravillosas poesías de la de Iría Flavia, pasando horas y horas de su tiempo libre leyendo todas las joyas literarias que Rosalía dejó para el disfrute de personas  imaginativas como Laura.
Un día lluvioso, de los tantos que tiene la ciudad  compostelana a lo largo del año, Laura caminaba por las húmedas calles de los alrededores de la Catedral, con sus “All – Star”  y la gran herencia que su fallecida abuela le había dejado: el libro de “Cantares Gallegos”, el  mejor de las decenas de libros que Laura había leído hasta aquel momento. Iba recitando el famoso poema “Adios ríos, adiós fuentes” en su cabeza cuando, ya a punto de llegar a la Plaza del Obradoiro, una de las infinitas piedras del suelo santiagués desapareció y se llevó consigo a Laura.
Ella, en el poco tempo que su  “caída” duró, no pudo imaginar a donde iría… Corría el primero mes del año 1863. En la monotonía del pueblo, aparece una niña que no sabe muy bien  donde está. Ella, entre lecheras, carros de bueyes  y jornaleros, no sabe que hacer; así que se dedica a leer un poco de “Cantares Gallegos” y descubre  donde está a través de una de las descripciones que Rosalía hizo sobre su  pueblo natal, Iria Flavia.
Entonces Laura, muy ilusionada, comenzó a preguntar por Rosalía por el pequeño pueblo hasta dar con su pequeña casa, y se dirigió a la puerta de madera:
- Toc, toc! – llamó Laura.
- Pase! – contestó Rosalía.
Laura, con paso firme pero cuidadoso, se aproximó a lo que  ella suponía era el “estudio” de Rosalía, el lugar donde brotaban aquellos maravillosos textos que hacían soñar a cualquiera. Y allí  estaba, escribiendo con firmeza en un papel los versos que posteriormente formarían parte de la maravillosa obra que Laura poseía en sus manos.
- Hola… soy Laura Castrofeito. No será mucho de fiar pero… vengo del futuro, de 150 años más adelante . Leí todos sus  libros y usted  es mi  referencia a seguir, por lo que me alegro mucho  de conocerla – se presentó, dubitativa, Laura.
- Hola, muchacha… me alegro mucho de que te gusten mis  poesías. Además, ahora no me vienes nada mal: estoy intentando terminar una obra y no estoy pasando un buen momento – añadió amable la poetisa  - . Toma asiento y le echa  un vistazo a lo que  estoy escribiendo:
Que así mo pediron
que así  mo mandaron
que cante e que cante
na lingua  que eu falo.

Eran los versos favoritos de Laura! Ella le dijo que le encantaban, a lo que Rosalía respondió:
- Necesito ayuda, Lauriña! Tengo que presentar la obra mañana y aún no he terminado, me ayudas?
Laura, feliz, aceptó y le demostró  a Rosalía todo lo que sabía y, trabajando juntas, fueron capaces de terminar la obra antes del atardecer. Laura descubriría en aquella tarde como era la grande poetisa por dentro, conociendo sus  trucos, su  forma de escribir y de expresar lo que sentía. Estando ya las dos cansadas de tanto trabajo, Rosalía dijo:
- Lauriña, como titulamos la obra?
- Titule la obra como más le guste. No voy a ser yo quien de ponerle  título a su obra –contestó Laura.
- No, ponle tú el título. Al fin y al cabo, la obra es tan tuya como mía .
- “Cantares Gallegos” no estaría mal, no? – dijo Laura.
- Que así sea -  finalizó Rosalía.
Laura se despidió de ella y, después de  muchas vueltas, fue capaz de volver a Santiago, pensando que, en honor de su heroína y de sus increíbles versos, se dedicaría a pintar con palabras los retratos de su vida, pero con el color  “de la lengua que ella hablaba”.


Y así fue cómo, en uno de los tantos pueblos de la montaña del Caurel, un muchacho durmió soñando con Laura y su  maravilloso viaje.



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