Un pequeño relato amoroso... :3 (WARNING: contiene lenguaje vulgar)
CADA DÍA
Recuerdo como cada día me despertaba con un
peso enorme sobre los hombros. Y también recuerdo la razón por la que, a pesar
de sentirme así, me seguía levantando y viviendo mi vida día a día. La única
razón por la que iba a un instituto de mierda, con profesores de mierda y
compañeros de mierda. Y, por desgracia, lo único que me faltaba eran los amigos
de mierda. Pero tampoco me importaba mucho. Entraba al aula de mierda y me
sentaba en mi pupitre de mierda. Bajaba la vista, luego la alzaba y, al posar
mi mirada en ella me sumía en el paraíso.
Todo dejaba de importarme. Ninguna
mierda de aquellas iba a arrebatarme ese momento diario de éxtasis. Sus
cabellos largos, lisos y rubios, sus ojos oscuros, su pequeña nariz, sus labios
pequeños pero carnosos. Cuando hablaba, la melodía de su voz me recorría los
oídos, impregnándolos con su dulzura. Cuando se movía, mis músculos temblaban
al imaginar sentir su contacto. Y cuando me miraba, cuando me miraba, me
abducía con el vacío oscuro de sus pupilas. Me imaginaba a mí mismo, a solas,
con ella, abrazados, con nuestros cabezas juntas, y nuestros labios a punto de
sellarse con un beso.
Pero el timbre sonaba y arruinaba mi fantasía. Y en el
fondo sabía que no era más que eso. Una fantasía. Un sueño soñado por un
soñador. Un soñador estúpido. Y volvía a mi estado normal, donde todo era una
mierda. Porque lo era. Pero al día siguiente, decidí jugármela a todo o nada.
Me levanté, pero sentía mis hombros ligeros. Y volví al instituto de mierda,
con profesores de mierda y compañeros de mierda. La vi. Me dirigí hacia ella.
Ella me miró. Me acerqué, me puse junto a ella y se lo confesé todo. Y me
respondió.
Y me quedé callado. Sentí como si mi corazón se convirtiera en un
vacío. Ya no era solo un instituto de mierda, con profesores de mierda y
compañeros de mierda, sino que además, ahora, con un amor de mierda. Pasé de
entrar en el aula de mierda y sentarme en mi pupitre de mierda. Me fui. Volví a
mi casa. No había nadie. Y entré en mi cuarto.
Me tiré encima de la cama y me
puse a llorar y a gritar como un loco. ¿Qué había pasado con todo ese amor?
¿Qué había pasado con esos momentos en el paraísos? ¿Que había pasado con mis
sueños? ¿Todo a tomar por culo? Eso parecía. Paré de gritar. Salí de mi cuarto,
y a los pocos minutos volví con un cuchillo en mano.
Solo quería acabarlo todo.
Dejarlo todo atrás. Un solo golpe certero y podría descansar de todo ese peso
con el que me levantaba cada mañana. Solo un corte y... Pero... ¿Y si...? A lo
mejor... No era la única salida. Quizás me equivocaba. Quizás era un cobarde
con intenciones de rendirme. Y yo no quería. No podía ser un cobarde. Si lo
fuera, nunca lo habría confesado todo. Y decidí. Decidí vivir una vida donde mi
coraje dominaría. No sería un cobarde nunca. Jamás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario