PD- 8 meses después el blog resucita, el espíritu cocacolero sigue en pie! jajajajajaj
LIBRE
La oscuridad se
extendía por todo el bosque. Yo corría, huyendo de algo o alguien
de quien no sabía nada. Tenía la respiración entrecortada y el
pulso totalmente desacompasado. Me dolían las piernas, pues mi
cuerpo no daba más de sí en aquel estado de pánico extremo.
Cuando no pude
correr más, me dejé llevar por la desesperación, refugiándome en
medio de unos matorrales, situados a la margen izquierda del camino
de tierra por el que me había movido en los últimos minutos. Me
sentía frustrado.
…
Quince
años antes había comenzado mi calvario. Después del asesinato de
mi madre, notaba que “había alguien” en el cuarto mientras
dormía. Las puertas se mecían provocándome escalofríos, los
grifos se abrían inundando parte del piso y muchas veces escuchaba
sonidos de cuchillos y navajas rajando el aire.
Los
primeros meses necesité tratamiento psicológico, tenía insomnio y
trastornos alimenticios. Pero el tiempo pasó, fui a estudiar a otra
ciudad y abandoné el que había sido mi hogar en los últimos veinte
años. Entonces, se acabaron los problemas… O eso pensaba.
Después
de acabar la carrera, volví a la que había sido mi ciudad desde
que había nacido, y vivía feliz junto a mi novia de siempre, Lucía.
Nos casamos, y los tormentos volvieron a rondar mi cabeza; despacio,
sin prisa pero sin pausa.
Cada
día que pasaba me encontraba más pálido, sin espíritu. No había
nada en este mundo que me había hecho ser feliz. Estuve consultando
todo tipo de especialistas psiquiátricos, pero nadie encontraba una
solución médica para mi “falta de autoestima”. Los días
pasaban, y la monotonía se extendía por mi cuerpo, como un gas
tratando de ocupar todo el espacio posible.
Mi
grado de dejadez y pasotismo fue tan grande y mayúsculo que Lucía
no resistió más; me dejó a mí y a mis problemas. Para ella no
tenía remedio y no podía arruinar más tiempo de su preciada
juventud estrujándose el cerebro para encontrar la solución de lo
que me estaba pasando. Mientras todo esto sucedía, mi cuerpo se
adormilaba cada vez más, dejándome llevar a un letargo
inquebrantable, una espiral de la que jamás podría huir, quedando
sentenciado a perder totalmente la cabeza. Pero, afortunadamente,
gracias a la soledad absoluta, sin tener un cuerpo en el que
apoyarme, fui capaz de descubrir qué ocurría en mi interior.
Después de la
estancia en Amsterdam (los únicos años felices de mi vida), volví
a Santiago de Compostela, el “agujero” por el que entré en el
mundo y por el que voy a salir. En Santiago crecí; aquí di mis
primeros pasos, aquí supe lo que era querer a una chica, y lo que
era tener amigos. Pero también descubrí lo que era el dolor, el
sufrimiento y la agonía, comenzando con la trágica muerte de mi
madre.
Esa bestia loca que
tengo como padre, el ser humano que me engendró, le robó el corazón
mi madre cuando era una niña; ella era feliz a su lado. Pero él
quiso robarle algo más que el corazón, todo lo que mamá hizo por
él (los viajes al psiquiatra, todos los cuidados en sus peores
tiempos…) no era suficiente; así que decidió acabar con ella,
robarle la vida.
Por lo menos ahora
está pudriéndose en un mísero manicomio.
Viví con esta manía
toda la vida. Aparecieron las extrañas presencias y todos aquellos
efímeros males. Ninguno me afectaba; y ese fue el gran problema. Una
vez Lucía se fue y estuve completamente solo, comencé a percibir
poco a poco de que nada me atormentaba, porque estaba totalmente
sumiso a una perturbación general de mi cuerpo. Estaba acostumbrado
a ver y oír cosas irreales, fruto de mis traumas y heridas mal
curadas, y convivía con todo eso, sin alterar mi estado de letargo
continuo.
De este modo viví
durante años, en la inocencia y en la inconsciencia absoluta,
pensando que desde que había viajado rumbo a universidad, todos los
problemas se habían esfumado de mi vida. Pobre desgraciado… Viví
en un engaño, en una trampa perfectamente diseñada y fabricada con
mis propias manos. Hasta que exploté.
Dejé
de comer y abandoné el trabajo, mi vida se reducía a pensar cómo
iba a hacer para destruir la cárcel en la que me encontraba.
Pasaron tres semanas, y lo único que sabía era que no necesitaba la
ayuda de los médicos, ya no. Llevaba toda la vida conviviendo con su
presencia, primero con mi padre y más tarde conmigo mismo. Además,
tenía la certeza de que, si yo había sido capaz de engañarme hasta
ese punto, también sería capaz de liberarme y ser feliz.
Los
días pasaron, y no conseguía ver algún indicio de esperanza por
ninguna parte. Estaba volviéndome loco, si aún no lo estaba.
Permanecía horas y horas mirando el escritorio, analizando cada uno
de mis anómalos comportamientos. Seguía sin encontrar la clave para
conseguir la felicidad. En ese momento vivía totalmente
atormentado.
Las
vivencias se agolpaban alrededor de mi cabeza, recordándome los
momentos más oscuros de mi vida. Sentía la sensación de que algo
me perseguía, sabía que no podía quedarme en casa, dejándome
enloquecer en medio de mis traumas. La tensión emocional aumentaba y
se acumulaba, cada segundo se traducía en menos posibilidades de
pensar con frialdad. También menguaba el número de alternativas,
hasta reducirse al máximo. Sabía que sólo me quedaba una opción,
mi locura no me permitía hacer nada más. Estuve tres días enteros,
setenta y dos horas intentando decidir mi futuro, mi destino.
Finalmente, decidí seguir el débil instinto infantil que conservaba
y, por miedo a pudrirme en un cuarto, huí.
Me
cegué. Comencé a correr sin saber adónde. Yo seguía un incierto
camino, con los ojos en blanco. Mi extraño perseguidor no me dejaba
pensar, sólo podía seguir corriendo, sin mirar atrás. Tenía el
gran presentimiento de que estaba siendo perseguido por los fantasmas
de mi vida, y no tenía el valor suficiente para enfrentarme a ellos.
Sinceramente, no sabía nada, ni dónde me encontraba.
Creo que corrí unos 20 kilómetros. Estaba en un bosque, mi bosque.
Allí finalizada mi presunta carrera hacia felicidad. Después de
esconderme en medio de unos matorrales, una vez acabada la carrera,
la frustración se apoderó de mí y comencé a chillar. Estaba
convencido de que nadie me escuchaba, y se alguien lo hacía, sabía
que no se iba a preocupar; ¿a quién le importa un loco? En los
siguientes minutos mis emociones fueron como los desniveles de una
montaña rusa. Se sucedieron la tristeza, la desesperación e incluso
la más profunda calma.
Pasé
días sin moverme, y perdí la sensibilidad en las piernas. Alrededor
de mí se extendía una profunda calma, resultando ser excesiva. Con
el paso de las horas, comencé a reaccionar ante lo que había hecho:
había salido de mi refugio, no tenía nada, sólo conservaba mi
demencia y un alma podrida. Entonces, mi cabeza comenzó a funcionar
debidamente tras más de una década y media de sufrimiento en la
ignorancia, y supe que el destino había hecho de las suyas y no me
había dejado en aquél lugar por casualidad. Levanté la mirada
después de mucho tiempo, y encontré que un árbol muerto y muy
viejo se alzaba a mi izquierda. Tenía madera oscura y vigorosa pese
a su falta de vida, probablemente había sido un castaño. Y a mi
derecha había unas plantas de esparto. Mi abuelo fue zapatero, y
sabía por experiencia que aquel esparto estaba a punto para ser
trabajado; le faltaba una semana de tiempo seco y su estado sería
perfecto. Tenía el material, tenía el motivo y tenía la idea
rondándome la cabeza; sólo me faltaba la determinación para
llevarlo a cabo.
Estuve
mucho tiempo intentando levantarme, quizás demasiado. Cuando lo
conseguí, ya había tenido tiempo para tomar una decisión, la
última decisión y la que determinaría mi futuro para siempre
jamás: me iba a suicidar.
Puede
parecer que era otra locura de las mías, la que me condenaría por
siempre. Pero es la única acción con sentido de mis últimos años
de vida. No podía esperar más, sólo sería retrasar lo inevitable.
Después de todos mis males, ya no tenía miedo a la muerte. Es más,
mientras que en mi corta juventud no fui un buen cristiano, en ese
momento comprendí el significado de la paz eterna para la Iglesia, o
por lo menos encontré mi interpretación. La muerte es el paso de
las preocupaciones al gozo, dejando atrás todos nuestros problemas,
centrándonos en descansar del ritmo frenético que nos impone la
vida terrenal.
De este modo, con la
ilusión de rematar por fin al sufrimiento y con la determinación de
saber que hacer y como hacerlo, comencé a construir mi particular
“necrópolis”, con la fruición propia de alguien de mis
características. Tardé dos días y dos noches, pero ya estaba todo
preparado para terminar de escribir el último párrafo de esta
historia de terror: mi vida.
…
Y
así es, este es el último párrafo de mis memorias, escritas para
que cualquier persona que lo desee, pueda consultarlas y descubrir
mis desconcertantes pensamientos. Mi historia llega a su fin, y con
ella se marcha una vida desgraciada, desmigajada por la complejidad
del cuerpo humano, sobre todo de su sala de control. Así que yo,
David Rodríguez Santos, me voy voluntariamente de este mundo sin
dejar nada a nadie, pues lo único que tengo es una mente rota desde
la infancia de la que sólo se conservarán dos míseros papeles
redactados con la escasa cordura de un loco.
Ahora sólo me queda
una palabra por decir, la cual ya debería haber dicho mucho antes:
Adiós.
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