lunes, 6 de enero de 2014

Aquí va un pequeñísimo relato que escribí en el avión a Londres... Se titula "Monstruos" y es bastante tétrico... ¡Espero que guste! :)

No podía respirar. Estaba despierto, pero no respiraba. O, al menos, eso me parecía. Abrí los ojos poco a poco. Ni siquiera los había abierto del todo y una luz me cegaba. Me incorporé. Estaba recostado en una cama de hospital. Había alguien a mi derecha. Lloraba. Me miré las manos. Tenía la muñeca izquierda vendada. Me dolía un poco.
 Ese alguien a mi derecha que lloraba alzó la vista y me miró a los ojos. Tenía los ojos de un azul muy claro. Era una mujer, rubia. Se abalanzó sobre mí y me dio un fuerte abrazo. No sabía quién era ella ni quién era yo, y poco me importaba en aquel instante. Le pregunté qué hacía allí, por qué me encontraba en aquella cama de hospital. Su mirada se posó en mí mientras ponía una expresión incrédula. Me preguntó si no me acordaba. Le respondí que no. Lloró aún más fuerte. Me irritaba. No aguantaba más. Le di una bofetada. Paró. Me miró, y en sus ojos presencié el miedo más profundo. Lo disfrutaba, casi saboreándolo. Me gustaba aquella sensación de infundir terror en los demás. Pero de puertas afuera, no me inmuté. De nuevo, arrugó las facciones y comenzó a llorar otra vez. No iba a tolerarlo ni un segundo más.
 Me levanté y bajé las persianas. Me miró extrañada. Me acerqué a ella. Le pegué y, con la fuerza con la que le di, la tiré de la silla. Comenzó a gritar. Comencé a darle patadas. Le pisoteé la cara. Empezó a sangrar. Sangraba. Seguía sangrando. Paró de gritar. Había muerto. Me seguía dando igual, pero sentía curiosidad por saber qué me había pasado.
 Me miré la venda. Lo comprendí. Vi el corte que me había hecho yo mismo con un cuchillo la noche anterior. Aunque no acabé de entender del todo el por qué. El corte no había cicatrizado. La muñeca se puso a sangrar. Dirigí mi mirada hacia el charco de sangre y lo recorrí con la mirada hasta llegar al cuerpo sin vida del que emanaba aquel líquido carmesí. Mis ojos se quedaron inmóviles, perdidos, observando el vacío. Y, al fin, lo entendí.
 Me hice aquel corte por una razón muy simple: porque hay monstruos en este mundo. Monstruos que matan, que violan, que roban y que no conocen el significado de la palabra "remordimientos". Monstruos mucho más aterradores de los que se esconden debajo de las camas de los niños. Monstruos mucho peores que los de cualquier historia de miedo, por terrorífica que sea. Y yo me había convertido en uno de ellos. El corte sangraba, y me había dado cuenta de que había estado respirando todo este tiempo. Pero dejé de hacerlo. Mis ojos se cerraron. Caí.
 Un monstruo había acabado con su terrible existencia, y lo había hecho por voluntad propia.

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