Aquí va un pequeñísimo relato que escribí en el avión a Londres... Se titula "Monstruos" y es bastante tétrico... ¡Espero que guste! :)
No podía
respirar. Estaba despierto, pero no respiraba. O, al menos, eso me parecía.
Abrí los ojos poco a poco. Ni siquiera los había abierto del todo y una luz me
cegaba. Me incorporé. Estaba recostado en una cama de hospital. Había alguien a
mi derecha. Lloraba. Me miré las manos. Tenía la muñeca izquierda vendada. Me
dolía un poco.
Ese alguien a mi derecha que lloraba alzó la
vista y me miró a los ojos. Tenía los ojos de un azul muy claro. Era una mujer,
rubia. Se abalanzó sobre mí y me dio un fuerte abrazo. No sabía quién era ella
ni quién era yo, y poco me importaba en aquel instante. Le pregunté qué hacía
allí, por qué me encontraba en aquella cama de hospital. Su mirada se posó en
mí mientras ponía una expresión incrédula. Me preguntó si no me acordaba. Le
respondí que no. Lloró aún más fuerte. Me irritaba. No aguantaba más. Le di una
bofetada. Paró. Me miró, y en sus ojos presencié el miedo más profundo. Lo
disfrutaba, casi saboreándolo. Me gustaba aquella sensación de infundir terror
en los demás. Pero de puertas afuera, no me inmuté. De nuevo, arrugó las
facciones y comenzó a llorar otra vez. No iba a tolerarlo ni un segundo más.
Me levanté y bajé las persianas. Me miró
extrañada. Me acerqué a ella. Le pegué y, con la fuerza con la que le di, la tiré
de la silla. Comenzó a gritar. Comencé a darle patadas. Le pisoteé la cara.
Empezó a sangrar. Sangraba. Seguía sangrando. Paró de gritar. Había muerto. Me
seguía dando igual, pero sentía curiosidad por saber qué me había pasado.
Me miré la venda. Lo comprendí. Vi el corte
que me había hecho yo mismo con un cuchillo la noche anterior. Aunque no acabé
de entender del todo el por qué. El corte no había cicatrizado. La muñeca se
puso a sangrar. Dirigí mi mirada hacia el charco de sangre y lo recorrí con la
mirada hasta llegar al cuerpo sin vida del que emanaba aquel líquido carmesí.
Mis ojos se quedaron inmóviles, perdidos, observando el vacío. Y, al fin, lo
entendí.
Me hice aquel corte por una razón muy simple:
porque hay monstruos en este mundo. Monstruos que matan, que violan, que roban
y que no conocen el significado de la palabra "remordimientos".
Monstruos mucho más aterradores de los que se esconden debajo de las camas de
los niños. Monstruos mucho peores que los de cualquier historia de miedo, por
terrorífica que sea. Y yo me había convertido en uno de ellos. El corte
sangraba, y me había dado cuenta de que había estado respirando todo este
tiempo. Pero dejé de hacerlo. Mis ojos se cerraron. Caí.
Un monstruo había acabado con su terrible
existencia, y lo había hecho por voluntad propia.
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