- Cuando nací
mis padres olvidaron
ponerme nombre - le contestó
al guardia- quizás tampoco
hubiera importado. Éramos tantos
que tampoco se
hubieran acordado -dijo con una
sonrisa torcida- Aunque puede
llamarme Sin. De sin
nombre.
- Eh, a
mí no me tomes
el pelo, negro
de mierda. Esto
es una propiedad privada, ¿sabes?
Y entrar es
un delito. Así
que dime tu
nombre de una vez.
- Le estoy
diciendo la verdad.
Oiga por favor no
tengo casa, ni familia y fuera
hace mucho frío.
Por favor déjeme
quedarme hasta que...
- No, Sin –dijo con una
sonrisa
irónica- Largo de
aquí. Si no
tienes casa es tu
problema. Búscate un
puente. Y no
vuelvas -dicho esto cerró la
puerta de un portazo.
Los
ricos se cubrían
con pieles y
abrigos. Sin sólo tenía una
chaqueta mugrienta y
destrozada. El viento
gélido penetraba en
sus marcadas costillas
y, tiritando bruscamente, se
abrazó a sí
mismo buscando algo
de calor. Sus tripas
rugían con fiereza, llevaba
dos días casi
sin comer, cosa que no ayudaba a
mantenerse caliente. Pero aguantaba
por una razón:
porque aquel iba
a ser el
día, porque aquella
noche Sin podría conseguir
una identidad.
Cuando era
pequeño siempre soñó
que algún día
tendría un nombre
de verdad. Su padre
les abandonó cuando
él nació, dejando
a su madre
sumida en la pobreza
y con 7
hijos a los que cuidar.
Sin siempre
pensó que su
padre se había marchado
al otro lado
de la valla,
en busca de
un mundo mejor.
Su madre, con todo
el jaleo, nunca
se acordó de
ponerle un nombre. Y
ya nunca más se lo podría
poner. Pero aquel día,
si lo conseguía,
si conseguía pasar
al otro lado, buscaría
a su padre.
Y él le
daría un nombre.
Le daría una
identidad. Le daría el
privilegio de ser
alguien.
Al caer
la noche, Sin se
dirigió a la Valla
de Melilla. Comenzó a
escalar, pero apenas
tenía fuerzas para
soportar su peso. Sus
brazos temblaban, pero
él sacaba fuerzas de
donde no las
había, de su
dolor, o quizás
de sus ansias
de tener una identidad. Cada
púa se sentía
como un clavo
incandescente en su
enjuto cuerpo, hiriéndolo,
pero él seguía
escalando. Se centró en
cuál podría ser
su verdadero nombre. Siguió
subiendo y llegó
arriba; ya casi
lo había conseguido,
cuando sintió que
las fuerzas le
abandonaban. Se agarró
como pudo a la
valla y contempló
a lo lejos las luces de la
ciudad de la
libertad. “Ha faltado
poco, papá.” dijo, esbozando una triste sonrisa. Sus
manos ensangrentadas y
agarrotadas se soltaron
y mientras caía
creyó oír una
voz que le
susurraba: Adiós, Malik.
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