viernes, 6 de febrero de 2015

RELATO "LIBRE"

Hola chicooos! Os traigo por fin la traducción del relato que tanto me habíais pedido. Sólo quería comentaros que me disculpéis si veis alguna falta por ahí, porque esto de traducir mediante un programa es muy cómodo y tal, pero traduce muy, pero que muy mal. Así que después de muchas correcciones de la traducción espero que no haya errores. Además, deciros que si queréis la versión en gallego para ver como suena (os aseguro que suena mucho mejor, en castellano pierde mucho) sólo tenéis que pedírmelo. Espero que os guste!!! :D

PD- 8 meses después el blog resucita, el espíritu cocacolero sigue en pie! jajajajajaj


LIBRE
La oscuridad se extendía por todo el bosque. Yo corría, huyendo de algo o alguien de quien no sabía nada. Tenía la respiración entrecortada y el pulso totalmente desacompasado. Me dolían las piernas, pues mi cuerpo no daba más de sí en aquel estado de pánico extremo.
Cuando no pude correr más, me dejé llevar por la desesperación, refugiándome en medio de unos matorrales, situados a la margen izquierda del camino de tierra por el que me había movido en los últimos minutos. Me sentía frustrado.
Quince años antes había comenzado mi calvario. Después del asesinato de mi madre, notaba que “había alguien” en el cuarto mientras dormía. Las puertas se mecían provocándome escalofríos, los grifos se abrían inundando parte del piso y muchas veces escuchaba sonidos de cuchillos y navajas rajando el aire.
Los primeros meses necesité tratamiento psicológico, tenía insomnio y trastornos alimenticios. Pero el tiempo pasó, fui a estudiar a otra ciudad y abandoné el que había sido mi hogar en los últimos veinte años. Entonces, se acabaron los problemas… O eso pensaba.
Después de acabar la carrera, volví a la que había sido mi ciudad desde que había nacido, y vivía feliz junto a mi novia de siempre, Lucía. Nos casamos, y los tormentos volvieron a rondar mi cabeza; despacio, sin prisa pero sin pausa.
Cada día que pasaba me encontraba más pálido, sin espíritu. No había nada en este mundo que me había hecho ser feliz. Estuve consultando todo tipo de especialistas psiquiátricos, pero nadie encontraba una solución médica para mi “falta de autoestima”. Los días pasaban, y la monotonía se extendía por mi cuerpo, como un gas tratando de ocupar todo el espacio posible.
Mi grado de dejadez y pasotismo fue tan grande y mayúsculo que Lucía no resistió más; me dejó a mí y a mis problemas. Para ella no tenía remedio y no podía arruinar más tiempo de su preciada juventud estrujándose el cerebro para encontrar la solución de lo que me estaba pasando. Mientras todo esto sucedía, mi cuerpo se adormilaba cada vez más, dejándome llevar a un letargo inquebrantable, una espiral de la que jamás podría huir, quedando sentenciado a perder totalmente la cabeza. Pero, afortunadamente, gracias a la soledad absoluta, sin tener un cuerpo en el que apoyarme, fui capaz de descubrir qué ocurría en mi interior.
Después de la estancia en Amsterdam (los únicos años felices de mi vida), volví a Santiago de Compostela, el “agujero” por el que entré en el mundo y por el que voy a salir. En Santiago crecí; aquí di mis primeros pasos, aquí supe lo que era querer a una chica, y lo que era tener amigos. Pero también descubrí lo que era el dolor, el sufrimiento y la agonía, comenzando con la trágica muerte de mi madre.
Esa bestia loca que tengo como padre, el ser humano que me engendró, le robó el corazón mi madre cuando era una niña; ella era feliz a su lado. Pero él quiso robarle algo más que el corazón, todo lo que mamá hizo por él (los viajes al psiquiatra, todos los cuidados en sus peores tiempos…) no era suficiente; así que decidió acabar con ella, robarle la vida.
Por lo menos ahora está pudriéndose en un mísero manicomio.
Viví con esta manía toda la vida. Aparecieron las extrañas presencias y todos aquellos efímeros males. Ninguno me afectaba; y ese fue el gran problema. Una vez Lucía se fue y estuve completamente solo, comencé a percibir poco a poco de que nada me atormentaba, porque estaba totalmente sumiso a una perturbación general de mi cuerpo. Estaba acostumbrado a ver y oír cosas irreales, fruto de mis traumas y heridas mal curadas, y convivía con todo eso, sin alterar mi estado de letargo continuo.
De este modo viví durante años, en la inocencia y en la inconsciencia absoluta, pensando que desde que había viajado rumbo a universidad, todos los problemas se habían esfumado de mi vida. Pobre desgraciado… Viví en un engaño, en una trampa perfectamente diseñada y fabricada con mis propias manos. Hasta que exploté.
Dejé de comer y abandoné el trabajo, mi vida se reducía a pensar cómo iba a hacer para destruir la cárcel en la que me encontraba. Pasaron tres semanas, y lo único que sabía era que no necesitaba la ayuda de los médicos, ya no. Llevaba toda la vida conviviendo con su presencia, primero con mi padre y más tarde conmigo mismo. Además, tenía la certeza de que, si yo había sido capaz de engañarme hasta ese punto, también sería capaz de liberarme y ser feliz.
Los días pasaron, y no conseguía ver algún indicio de esperanza por ninguna parte. Estaba volviéndome loco, si aún no lo estaba. Permanecía horas y horas mirando el escritorio, analizando cada uno de mis anómalos comportamientos. Seguía sin encontrar la clave para conseguir la felicidad. En ese momento vivía totalmente atormentado.
Las vivencias se agolpaban alrededor de mi cabeza, recordándome los momentos más oscuros de mi vida. Sentía la sensación de que algo me perseguía, sabía que no podía quedarme en casa, dejándome enloquecer en medio de mis traumas. La tensión emocional aumentaba y se acumulaba, cada segundo se traducía en menos posibilidades de pensar con frialdad. También menguaba el número de alternativas, hasta reducirse al máximo. Sabía que sólo me quedaba una opción, mi locura no me permitía hacer nada más. Estuve tres días enteros, setenta y dos horas intentando decidir mi futuro, mi destino. Finalmente, decidí seguir el débil instinto infantil que conservaba y, por miedo a pudrirme en un cuarto, huí.
Me cegué. Comencé a correr sin saber adónde. Yo seguía un incierto camino, con los ojos en blanco. Mi extraño perseguidor no me dejaba pensar, sólo podía seguir corriendo, sin mirar atrás. Tenía el gran presentimiento de que estaba siendo perseguido por los fantasmas de mi vida, y no tenía el valor suficiente para enfrentarme a ellos. Sinceramente, no sabía nada, ni dónde me encontraba.
Creo que corrí unos 20 kilómetros. Estaba en un bosque, mi bosque. Allí finalizada mi presunta carrera hacia felicidad. Después de esconderme en medio de unos matorrales, una vez acabada la carrera, la frustración se apoderó de mí y comencé a chillar. Estaba convencido de que nadie me escuchaba, y se alguien lo hacía, sabía que no se iba a preocupar; ¿a quién le importa un loco? En los siguientes minutos mis emociones fueron como los desniveles de una montaña rusa. Se sucedieron la tristeza, la desesperación e incluso la más profunda calma.
Pasé días sin moverme, y perdí la sensibilidad en las piernas. Alrededor de mí se extendía una profunda calma, resultando ser excesiva. Con el paso de las horas, comencé a reaccionar ante lo que había hecho: había salido de mi refugio, no tenía nada, sólo conservaba mi demencia y un alma podrida. Entonces, mi cabeza comenzó a funcionar debidamente tras más de una década y media de sufrimiento en la ignorancia, y supe que el destino había hecho de las suyas y no me había dejado en aquél lugar por casualidad. Levanté la mirada después de mucho tiempo, y encontré que un árbol muerto y muy viejo se alzaba a mi izquierda. Tenía madera oscura y vigorosa pese a su falta de vida, probablemente había sido un castaño. Y a mi derecha había unas plantas de esparto. Mi abuelo fue zapatero, y sabía por experiencia que aquel esparto estaba a punto para ser trabajado; le faltaba una semana de tiempo seco y su estado sería perfecto. Tenía el material, tenía el motivo y tenía la idea rondándome la cabeza; sólo me faltaba la determinación para llevarlo a cabo.
Estuve mucho tiempo intentando levantarme, quizás demasiado. Cuando lo conseguí, ya había tenido tiempo para tomar una decisión, la última decisión y la que determinaría mi futuro para siempre jamás: me iba a suicidar.
Puede parecer que era otra locura de las mías, la que me condenaría por siempre. Pero es la única acción con sentido de mis últimos años de vida. No podía esperar más, sólo sería retrasar lo inevitable. Después de todos mis males, ya no tenía miedo a la muerte. Es más, mientras que en mi corta juventud no fui un buen cristiano, en ese momento comprendí el significado de la paz eterna para la Iglesia, o por lo menos encontré mi interpretación. La muerte es el paso de las preocupaciones al gozo, dejando atrás todos nuestros problemas, centrándonos en descansar del ritmo frenético que nos impone la vida terrenal.
De este modo, con la ilusión de rematar por fin al sufrimiento y con la determinación de saber que hacer y como hacerlo, comencé a construir mi particular “necrópolis”, con la fruición propia de alguien de mis características. Tardé dos días y dos noches, pero ya estaba todo preparado para terminar de escribir el último párrafo de esta historia de terror: mi vida.
Y así es, este es el último párrafo de mis memorias, escritas para que cualquier persona que lo desee, pueda consultarlas y descubrir mis desconcertantes pensamientos. Mi historia llega a su fin, y con ella se marcha una vida desgraciada, desmigajada por la complejidad del cuerpo humano, sobre todo de su sala de control. Así que yo, David Rodríguez Santos, me voy voluntariamente de este mundo sin dejar nada a nadie, pues lo único que tengo es una mente rota desde la infancia de la que sólo se conservarán dos míseros papeles redactados con la escasa cordura de un loco.
Ahora sólo me queda una palabra por decir, la cual ya debería haber dicho mucho antes:
Adiós.


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